8.1.11

Cuando estoy sola

Muchas cosas extrañas ocurren cuando estoy sola. Es que me gusta que ocurran. Yo disfruto, me deleito, me lleno y me vacío infinitas veces en una alegría indescriptible cada vez que estoy sola.

Pero con 'sola' no me refiero a un estado de la cabeza. No, estar sola no es solamente cerrar los párpados y adueñarme de mi individualidad mental, aquella a la que nadie puede acceder. Ni podrían si lo intentaran. No, estar sola es un estado meditativo y profundo lleno de música y de casas vacías.

¿Poesía barata? ¡No! ¡Estoy hablando en serio! Estar sola, significa, en primer lugar, tener la casa vacía. Completamente. Y para que esto ocurra, tienen que llenarse ciertos requisitos. Tener una casa, por ejemplo. Y si tengo la casa, la casa tiene que ser únicamente mía: los compañeros de renta no cuentan. Por silenciosos que sean, no. Son una presencia. Ya no estoy sola.

Demás está decir que compartir la pieza esta fuera de discusión. Es por eso que ni la universidad ni el colegio internado ni los campamentos cuentan. Mucho menos las visitas a casa de un amigo o amiga para pasar la noche. No, así no estoy sola. La casa tiene que ser grande, y tiene que estar llena de cosas sin otro toque que el mío. Por horas. Cuanto más tiempo haya transcurrido entre el último toque humano a un objeto y el mío, mejor.

Las mascotas podrían ser acompañantes potenciales, pero no. Ni aún. Tal vez un pececito... Uno rojo con aletas brillantes. Sí, sólo con un pez rojo con aletas brillantes podría estar sola. Escuché muchas veces decir que las personas que poseen peces como mascotas son tremendamente aburridas, al punto del suicidio. Te dan ganas de pegarte un tiro del aburrimiento que te produce el aura de un dueño de pez, me dijeron una vez. Yo digo, te van a dar ganas de pegarte un tiro si pudieras echar un vistazo, siquiera uno a través de la mirilla de la puerta, a la mente de un dueño de pez.

Los dueños de peces son los genios en estar solos: un grupo de diez dueños de peces eran los apóstoles de Jesús, y también eran dueños de peces los dies mejores oficiales de la Gestapo. Lo aseguro. Y todo lo que han logrado tiene que ver con su capacidad de manejar lo extraño en sus momentos de soledad.

Por eso me gusta estar sola. Hago una gran cantidad de cosas irrazonables cuando estoy sola. Especialmente si la casa tiene cortinas. Oh, ¿hace falta que siquiera lo diga? Lo voy a deletrear: o-p-í-v-o. La primera condición y prueba de que realmente estoy sola es que puedo caminar desnuda cuanto me plazca, como me plazca.

No es una condición obligatoria, claro. Pero, ¿quién puede estar sólo con todas esas cosas escritas en las etiquetas de la ropa? El nudismo es la más sincera demostración de mis rollos y vello púbico hablándome cómodamente sobre cómo son capaces de mostrarse a sí mismos. Yo sé que estoy sola cuando mi vello púbico me habla, porque mi vello púbico nunca me habla cuando hay otro ser humano siquiera a cinco metros a la redonda.

Paredes. Son también útiles y una muy buena forma de crear soledad placentera. Las paredes crean separaciones y espacios a través del establecimiento de límites. Por eso mucha gente cree que las personas que están solas entre cuatro paredes son tímidas y limitadas. Yo les digo, ¡las infinitas posibilidades que te dan cuatro paredes!

De hecho, esa es una de las cosas que hago cuando estoy sola. Hablando con mi vello púbico, sostengo a mi pez rojo con aletas brillantes en una mano y con la otra camino por la casa. Sí, camino con mi mano: pero camino por las paredes. Las manos caminan en las paredes como los pies caminan en el piso. Y de paso, pongo patas para arriba todas las sillas y mesas y estantes que encuentro.

Cuando estoy sola me gusta también mudar los lugares de todos los recuadros en la casa. Y ponerlos al revés. Como los estantes, las sillas y las mesas. Los libros también: los tumbo al piso y escribo palabras con ellos o juego al efecto dominó. Y al terminar, aunque no termine nunca, los pongo en la biblioteca de abajo a arriba y en orden alfabético de la z a la a. En orden alfabético, claro. Yo soy una persona muy metódica.

Comida. La comida y yo tenemos una relación interesante cuando yo estoy sola. Sostenemos conversaciones inacabables. Pero para poder conversar, necesito comprar o preparar la comida en el momento en que mi soledad se ha producido. Por ejemplo, si la última vez que estoy sola comenzó a las 7 de la noche, toda la comida que preparé antes de las 7 me hastía. Les gusta hablar del rally y de Lino Oviedo, y de cómo Lady Gaga no tiene un pene (yo sí tengo uno). Son tan aburridos que me puedo sentar a mirar mi dedo gordo y me voy a divertir más que si hablo con ellos.

Pero la comida que cocino o que compro después de las 7, es inigualable. A todos les gusta mucho hablar de Carlos Marx, de Eduardo Said, de Lou Andreas Salomé, y por supuesto, de Andrés Calamaro y de la música de Calle 13. En la mayoría de los casos, la comida que cocino en soledad detesta a Ayn Rand y a Carlos Galaverna. Tampoco le gusta mucho darle la razón a Slavoj Žižek, pero siempre termina haciendo eso. Disfruta mucho imitar a Adam Smith. Le sale el mismo tono de voz nasal.

Oh, las cosas que hago cuando estoy sola.

Mi hobby favorito tal vez es hacer caras. Hago tantas caras que los músculos de mi mandíbula gritan desesperados por un sorbo de cerveza cuando termino mis períodos de estar sola. Las caras acaparan todos los rangos: soy desde una militar en servicio disparando contra iraquíes terroristas hasta un niño de tres años con cuatro ojos y una mano sujeta a la mano de su madre imaginaria.

Las caras también necesitan espejos, y por supuesto, son caras que nadie puede ver. ¿Aclaré ya eso? Nadie puede ver, ni escuchar, ni olerme ni saberme de la misma manera que cuando estoy sola. Alguna vez escuché un poema zen que habla del sonido de la palma de una mano y del sonido de un árbol que cae en medio del bosque. Bueno, no alguna vez, muchas veces. Mi punto es, yo soy la respuesta a esos poemas cada vez que estoy sola.

Cuando estoy sola también me masturbo. ¡Claro! ¿Quién no se masturba al estar solo? Yo me masturbo de forma integrada, de forma positiva. Como no soy una mujer, no tengo que depender de consoladores ni elementos invasores cuando me masturbo en soledad. Hay que tener en cuenta también que cuando estoy sola tengo que satisfacer las necesidades de mi pene.

Es por eso que cuando estoy sola, me apoyo en todo lo que existe a mi alrededor. Paredes, puertas, modulares y cómodas. Mesas de altura mediana y cabeceras de cama, oh, sí, las cabeceras de cama. Apoyo mi pelvis y me agito y me vuelvo uno con todo lo que hay a mi alrededor. Y puedo gritar también, porque estoy sola. Masturbarse en soledad es casi mejor... No, mejor dicho: es de lejos mejor que tener sexo.

Al estar sola también puedo hacer sonidos aterrorizantes que romperían los tímpanos de cualquier persona cuerda. Chillidos, gemidos, angustiados gritos que retumban en las paredes; risas infantiles, risas adultas, risas perversas y risas ausentes. Sostenidos y bemoles en canciones y suspiros raspados. Chasquidos de lengua y clicks. Cuando estoy sola puedo hablar veinticuatro idiomas.

Cuando estoy sola también doy cuerda suelta a todos mis fantasmas, mis preguntas, mis temores, y mis monstruos internos. Me imagino cómo sabe tu mejilla, tanto a través de un beso como marinada en aceite de oliva y especias. Preparada después de las 7, por supuesto.

Me gusta imaginar lo que pasaría si estuviera sola en todo momento. Por ejemplo, si estuviera sola en un avión, sentada al lado de la salida de emergencia. Estoy seguro de que si eso ocurriera, yo abriría la puerta de emergencia.

Cuando estoy sola me gusta masticar los cuellos de mis camisas. Me gusta mucho también ver pornografía para poder aprender mejor cómo se dibujas cuerpos, pero nunca busco lograr mi sexualidad a través de ellos. Ya expliqué que para eso me masturbo a través de los objetos que me rodean.

Me gusta desafíar al tiempo cuando estoy sola también. Me siento y pongo un dedo en la punta de la nariz, mientras la otra mano sostiene a mi pececito. Y con ese dedo en la nariz, comienzo a contar los segundos tan rápido que le gano la carrera al reloj. Para el momento en que yo he contado una hora y media, el reloj de la pared dice que solamente ha pasado una hora. Me vuelvo loca, eufórica de la felicidad cuando le gano al tiempo. Comienzo a saltar en el sofá y a corer por toda la casa. Por suerte estoy sola.

Me gusta darme duchas largas también cuando estoy sola. La última vez mi ducha duró tres horas y mi piel estaba tan arrugada, que cuando salí, convencí a mi plato de comida de que mi nombre era Astrid y era una mujer soltera de 83 años. Mi comida casi me creyó.

Pero bueno, todo esto ocurre cuando estoy sola. Cuando no estoy sola, que es el resto de la mayoría del tiempo, sólo sonrío y hablo cada vez menos. Tengo menos amigos. Cultivo menos intereses sinceros. Relleno todas mis tareas y encuentro formas de ganar dinero, claro. Tengo una vida normal y amo a mis prometidos como quien ama a su hámster.

Cuando no estoy sola soy la típica persona dueña de un pez.

Ahora, he decidido disfrutar el resto del tiempo que me queda sola. No está usted invitado. Al final de la hora, búsqueme en los archivos del períodico; en las bocas de mis mujeres; o en el cementerio en el centro de la ciudad.

Es más posible que me encuentre en lo último, haciendo mi trabajo de campo, poniendo caras grotescas. No tan grotescas como las que pongo cuando estoy sola.

Eso está claro.

.-.

3 comentarios:

Ruth Flores dijo...

me encanta lo q escribis, me gusta leerte.. sos rara

Zé Fernando... dijo...

porque te amo tanto mujer PENOsa jajajajajajaja

Giovanni Andree Ferreyra dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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